Fragmentos

El poeta, fingidor

Convierte el poeta
la miseria en belleza,
levanta, en campos de ruinas,
bellas arquitecturas,
hace sonar la lira
en el campo de batalla,
amansa las fieras de la pasión
y les hace bailar
una delicada coreografía
en la que ningún elemento
falta ni sobra,
en la que cualquier desplazamiento
del guión original
basta para arruinar la obra.
Aún cuando sea su canto
apasionado y tiemble su alma
o le veamos contaminado
por el influjo de la luna llena,
también es el verso
siempre medido con precisa,
singular geometría. Al final,
no sabemos
si nos miente o nos engaña,
si es un fingidor,
un ser vano que nos confunde
con falsas pretensiones
o si son sus fuegos de artificio,
sus pasajeras nubes, la realidad,
y no la realidad contable.
Un poeta, decía Rimbaud,
debía conocer
todas las sensaciones.
O quizás lo que el poeta quiera
sea librarnos de las crecientes
olas, ocultarlas con un velo,
o con un telón teatral,
o con la magia de las palabras,
para que no vayamos
a caer en su locura,
hacerlas rugir y convertirlas
en ligero entretenimiento
con el cual pasar una velada.
En todo caso, es el poeta
singular criatura,
que en su baudelairiana
natal condena
siente con más intensidad
el dolor del alma,
el éxtasis, la alegría,
y que los convierte
en delicadas perlas
que nos ofrece
y que con las notas
de su canto conmueve
nuestra existencia tranquila.

en «Tomar la pluma»

Recuerdos de una gloria 


Fue ayer, todavía,
cuando creía en mí mismo,
cuando creía poseer
el don de la palabra.
Creía ser capaz de alzar
la voz
y detener el mundo,
de cubrir el mundo
con un manto dorado
sembrado de rubíes.
Creía ser capaz de crear,
de dar lugar
a nuevos mundos y valores.
Hoy soy cada vez
más escéptico
con este manosear palabras,
con mi esterilidad,
con mi grosería.
También sé que los poetas
-yo también,
si lo fuera-
yacen olvidados
en callejas sombrías.
Creía ser un titán
y hoy me sé
un mono acurrucado
en un sillón orejero,
contemplando un reloj de plomo.

en «La línea de sombra»

La espada

Era entonces la primavera

cuando todavía, creer en algo,

se nos estaba permitido,

cuando aún confiábamos

en la lealtad del camarada.

Nos reuníamos en pequeños cenáculos,

ladrábamos contra todos los jefes,

tirios y troyanos, güelfos y gibelinos.

En nuestros sueños el mundo

se abría ante nosotros

con tan solo alzar la voz

y avanzábamos áureos por sus sendas

portando con nosotros la justicia.

Rugen, sin embargo, fuerte

los vientos del mundo

y nos perdieron a todos

por distintas sendas

alejadas del común camino.

¿Qué se hizo de nosotros,

dónde fuimos a parar nosotros?

Era el orden, hoy lo sé.

lo que perseguíamos,

aunque denunciásemos

todas las jerarquías. 

Un orden supremo y eterno.

Éramos sus paladines,

paladines borrachos y ciegos,

que buscaban sólo entre sombras,

pero no por ello menos leales.

El orden es la espada.

La espada no es la violencia

sino una flor de tallo de acero

culminada en una cruz.

La espada de la justicia, 

el instrumento del ángel.

La espada que, ansiosamente,

buscábamos, y que nos reunía,

era nuestra única arma.

¿Qué se hizo de la espada,

quién perdió la espada?

Echo de menos, al cabo,

a los grandes sabios de virtud profética

que, lejanos de nuestros ladridos a la luna,

conmocionaban el Universo

con una sola palabra.

Quizás podrían ellos

arrancar la eterna Excalibur

de las entrañas de la rígida roca.

¿Qué se hizo de los profetas,

dónde encontrar hoy un profeta?

en «Las falsas imágenes»